La elección del nombre de Berg no es azarosa: "Alban Berg -señalaba Kakuska en una entrevista-, tal vez el autor más ligado a la tradición romántica de la segunda escuela de Viena y, al mismo tiempo, el más moderno de los románticos, está en el justo medio y representa, por lo tanto, a todo el abanico del repertorio para cuarteto de cuerdas".
Beethoven concibió su Gran Fuga como sexto y último movimiento de
su Cuarteto de cuerda en Si bemol mayor, op. 130, escrito en 1825, pero
la longitud, la densidad, la rítmica obsesiva y la retórica casi
violenta que caracterizan este Finale apabullaron al público del
estreno en 1826 (y probablemente, también a sus ejecutantes, el Cuarteto Schuppanzigh). Por esta razón,
el autor accedió a que su editor, N. Artaria, la publicara como pieza
independiente, y un año después escribió un nuevo Finale más ligero
para el cuarteto: la Gran Fuga, uno de los grandes monumentos de toda la música, sobrevivió perfectamente como pieza independiente. Aún hoy en día, se considera la Gran Fuga una obra
excesivamente difícil para el público y para los intérpretes.