Richard Strauss, al igual que su casi coetáneo Gustav Mahler fue, además de compositor, uno de los mejores directores de orquesta de su época.
Es precisamente ese conocimiento perfecto de la orquesta una de las claves del atractivo de la música de Strauss, tanto en las obras sinfónicas como en la ópera, el género en el que su genio creador brilló con mayor esplendor. Hijo de un músico que había conseguido la celebridad en Alemania como intérprete de excepción, para Richard Strauss la música fue algo tan irremediable y necesario como la propia vida. Se educó en la más exigente ortodoxia de la gran música alemana y Bach, Haydn, Mozart y Beethoven fueron sus ejemplos permanentes, en contraposición a los dos representantes de la Nueva Música de su tiempo, Franz Listz y Richard Wagner.
Pero Strauss pronto superó esa división entre los valores clásicos y modernos, y con el tiempo se convirtió en consumado intérprete y admirador de ambos compositores citados.
El primer poema sinfónico compuesto por Richard Strauss fue Aus Italien, estrenado en 1887, que hoy está casi olvidado. El segundo fue Don Juan, basado en un poema de Nikolaus Lenau, seudónimo del escritor austrohúngaro Nikolaus Franz Niembsch von Strehlenau (1802-50), y compuesto cuando Strauss contaba sólo 24 años. Realmente el Don Juan de Lenau, aparte del escenario sevillano de sus andanzas, tiene muy poco que ver con el personaje creado por Tirso de Molina y tampoco con el de la maravillosa ópera de Mozart.
El Don Juan de Lenau y de Strauss es un aventurero que persigue el eterno femenino, tal como se define en el Fausto de Goethe.Es un insaciable amador, arrastrado de mujer en mujer no tanto por su sexualidad como por la búsqueda de un amor ideal que nunca encuentra y que le lleva a la perdición.
Don Juan es acaso el más perfecto de los poemas sinfónicos de Richard Strauss. Arranca con un fulgurante y arrebatador tema Allegro molto con brio, que retrata al personaje: apasionado e inquieto, soberbio y seductor. Sucesivamente van apareciendo en el poema sinfónico las figuras deseadas y conquistadas por el aventurero -Zerlina, la condesa, doña Ana- que con el tiempo se convertirán en los fantasmas que le acompañarán en el último y dramático episodio de su vida, el desafío al Comendador. Un acorde final en la menor y pianísimo, con un acompañamiento de distantes trémolos de cuerdas, cierra la obra.