Pianista famoso, autor de obras sinfónicas e instrumentales, D’Albert compuso gran número de óperas, de las cuales Tiefland es la más famosa y la única que ha quedado en el repertorio hasta nuestros días, especialmente en el mundo germánico. En el Gran Teatre del Liceu de Barcelona se representó en 1910 en su versión italiana con asistencia de Guimerà, y Joaquim Pena hizo una versión catalana adaptada a la música.
La acción sigue con notable fidelidad la obra de Guimerà: el
protagonista, Pedro (nombre que toma el Manelic de Guimerà
encarna al
hombre simple y puro, al pastor de la tierra alta (las montañas de los
Pirineos), en conflicto con la sociedad corrompida del llano, la tierra
baja. El poderoso terrateniente Sebastiano, que ha hecho suya a una
muchacha desarraigada y desvalida, Marta, obliga a Pedro a casarse con
ella, para poder obtener así la mano de una heredera rica, manteniendo
a la muchacha a su alcance. Marta evoluciona de la hostilidad y recelo
inicial a la admiración por el carácter noble y recto del pastor y al
amor y confianza hacia él. Cuando Pedro se percata de que Sebastiano
sigue siendo amante de Marta, reacciona con violencia y mata al señor —Tiefland mantiene
las famosas palabras que cierran la ópera, «¡He matado al lobo!»— para
regresar a la montaña con su mujer, allá donde el engaño y la traición
no son posibles.
Desde el punto de vista musical, aunque conserva algunos elementos de la influencia wagneriana que marcó la primera etapa del compositor, como el uso de leitmotiven, D’Albert halla en esta ópera una vía personal con una comedida aproximación a los cánones naturalistas, circunstancia que la ha llevado a ser considerada una singular obra «verista» dentro del mundo germánico. La orquestación es rica y brillante y separa de manera clara y precisa el mundo soñado de la montaña y el cruel y corrupto del valle.