Con tan sólo 28 años, el venezolano Gustavo Dudamel se ha convertido en un genio de la dirección orquestal. Tanto que a partir de octubre ocupará el puesto de director titular de la prestigiosa Orquesta Sinfónica de Los Ángeles, donde sustituirá al finés Esa-Pekka Salonen. Y, a pesar de ese billete a la fama, Dudamel nunca dejará de colaborar con la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, la más importante de Venezuela, de la que todavía es titular, y en la que el director venezolano se encuentra en su salsa. Qué mejor que gobernar a cerca de 200 músicos menores de 25 años con toda la energía y juventud que desprenden.
Su pasión por la dirección orquestal ya era evidente de niño, cuando colocaba sus muñecos Lego en semicírculo para que escucharan música. Y, sin embargo, su carácter, su alegría, rompen con todos los moldes establecidos. No es necesario ser un ególatra elitista para ser un genio de la música clásica. En la prensa, todo son alabanzas, tanto a la calidad de su trabajo, como a su trato afectuoso y cercano. Gusta a entendidos, pero también a aficionados. Hay quien le compara con Leonard Bernstein, y más ahora que en Los Ángeles se puede disparar su fama por todo el mundo. Sin embargo, Dudamel ve este paso como “un puente entre el norte y el sur”. Ya ha elaborado toda una serie de proyectos que incluyen el acceso a la enseñanza para las minorías de negros y latinos, porque el compositor no olvida sus orígenes: es consciente de que en la actualidad Venezuela es el referente mundial en la enseñanza de música clásica.
Su último disco es una grabación de la quinta sinfonía del compositor ruso Piotr Ilich Chaikovski, junto con la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar. Aunque su más reciente actuación ha tenido lugar ayer jueves 27 de agosto, con la Orquesta Filarmónica de Viena y el violinista Nikolai Znaider, en un concierto enmarcado en el Festival de Salzburgo. En él interpretaron el concierto para violín de Chaikovski y ‘La consagración de la primavera’ (Le sacre du printemps), de Igor Stravinski. Chaikovski escribió el concierto para violín (1878) mientras se recuperaba en Clarens, junto al lago de Ginebra. Por su parte, ‘La consagración de la primavera’ (1913) culmina en “una danza de sacrificio en la que una muchacha baila hasta morir para propiciar a los dioses de la primavera, en una evocación de la Rusia pagana”. Este polémico final conllevó que, el día de su estreno, detractores y defensores de la obra se congregaran para total desconcierto del compositor. Claude Debussy dijo de ella: “La consagración de la primavera me hechiza como una hermosa pesadilla”. Esperemos que también haya hechizado al público de Salzburgo.