Poco después de concluir su Sexta sinfonía, Gustav Mahler, inició en el verano de 1904 la creación de la Séptima en su retiro en Maiernigg. Compuso primero las dos Nachtmusik o Músicas Nocturnas de la sinfonía, y al año siguiente concluyó, en el mismo lugar, los otros tres movimientos.
Al finalizarla, Mahler comenzó a tener dudas sobre la coherencia de la obra, en particular, sobre los méritos de su orquestación. En el verano de 1908, preparó su estreno en Praga y durante los ensayos realizó importantes cambios en la orquestación, motivados sin duda por la experiencia adquirida en la creación de la Octava sinfonía (que ya estaba completa en esas fechas). El estreno de la Séptima sinfonía, tuvo lugar en Praga, el 19 de septiembre de 1908, con Mahler dirigiendo. Solo cosechó la indiferencia del público, lo que agudizó las dudas de Mahler, pese al aplauso de Bruno Walter, Otto Klemperer y Alban Berg, allí presentes. Sin embargo, en esos últimos años se había ido produciendo un cambio y aquellas obras que inicialmente habían sido repudiadas fueron hallando su lugar en sitios como Amsterdam, donde el devoto mahleriano Wilhelm Mengelberg difundía con tal entusiasmo las sinfonías de este compositor, que la Cuarta llegó a ser bisada por completo en un concierto de la Orquesta del Concertgebouw.
Entre el estreno y las subsecuentes ejecuciones de la Séptima sinfonía en Munich y Amsterdam, el compositor realizó nuevas correcciones. La Séptima pertenece al grupo de obras mahlerianas absolutamente musicales, puramente sinfónicas (Quinta, Sexta, Séptima). Estas tres obras no necesitan de palabras para aclarar sus ideas conceptuales, por lo que no se utilizan las voces.