viernes, 02 de octubre de 2009
Xenia Akeynikova (violin)
Itamar Golan (piano)









Los cuatro movimientos de esta sonata son:
1. Andante Assai
2. Allegro Brusco
3. Andante
4. Allegrissimo - Andante Assai, Come Prima


Sergei Prokofiev (1891-1953) es el mejor representante, junto a Dimitri Shostakovich, de la escuela de composición soviética del siglo XX. Su obra dejó profunda huella en el estilo de sus compatriotas más jóvenes, como Aram Khachaturian o Dimitri Kabalevski. Prokofiev es, además, uno de los grandes clásicos del pasado siglo, autor de una música en la que tradición y modernidad se conjugan de manera ejemplar. Niño prodigio, recibió sus primeras lecciones musicales de su madre, pianista aficionada, con tan buen resultado que ya a los nueve años dio a conocer en una versión doméstica su primera ópera, El gigante, a la que siguieron inmediatamente tres más. La última de ellas, El festín de la peste, fue escrita bajo las indicaciones del compositor Reinhold Glière. En 1904 ingresó en el Conservatorio de San Petersburgo, donde tuvo como maestros, entre otros, a Anatol Liadov y Nikolai Rimski-Korsakov y empezó a interesarse por las corrientes más avanzadas de su tiempo. En este sentido, fue el enfant terrible de la música rusa de la primera década del siglo XX, no sólo en su faceta de compositor, sino también en la de intérprete. Con fama de músico antirromántico y futurista, sus primeras obras, disonantes y deliberadamente escandalosas, provocaron el estupor del público. En ellas, el joven músico mostró ya algunas de las constantes que iban a definir su estilo durante toda su carrera, como son cierta tendencia a lo grotesco y una inagotable fantasía, junto a un recogido lirismo y una asombrosa capacidad para crear hermosas y sugestivas melodías, que el propio Shostakovich reconocía y admiraba. Su famosa Sinfonía núm. 1 «Clásica» es reveladora en cuanto a esta tendencia, que resulta más sorprendente aún si se la compara con una obra sólo dos años anterior, de 1915, la brutal Suite escita.
   Aunque el joven músico contaba con las simpatías de los revolucionarios soviéticos por su talante iconoclasta e irreverente, un año después de los hechos de octubre de 1917, Prokofiev dejó su país para instalarse en Occidente, más en busca de la tranquilidad necesaria para componer que por motivos de índole ideológica. Japón, Estados Unidos (donde su presentación como pianista se calificó de «bolchevismo musical»Guiño y Francia fueron los países en que se presentó, no siempre con fortuna. Mientras los trabajos escritos para la compañía de los Ballets Rusos de Diaghilev –Chout, El paso de acero, El hijo pródigo– fueron relativamente bien recibidos, su ópera cómica El amor de las tres naranjas fue acogida con indiferencia en su estreno en Chicago en 1921. El poco éxito y la añoranza que sentía por su patria fueron dos de las razones que le llevaron en 1933 a regresar de forma definitiva a su país. Sin embargo, la Unión Soviética había experimentado profundos cambios desde que el compositor la abandonara en 1918: a la libertad de que los artistas disfrutaban en aquellos primeros tiempos, había sucedido el control estatal respecto a toda creación artística, que debía ceñirse de manera obligatoria a unos cánones estrictos, los del realismo socialista. Algunas de sus obras, como la Cantata para el vigésimo aniversario de la Revolución, fueron consideradas excesivamente modernas y, en consecuencia, prohibidas. El estilo de Prokofiev derivó entonces hacia posiciones más clásicas, con lo que el componente melódico de sus composiciones ganó en importancia. Algunas de sus páginas más célebres datan de esta época: el cuento infantil Pedro y el lobo, los ballets Romeo y Julieta y La Cenicienta, las partituras para dos filmes de Eisenstein, Alexander Nevski e Iván el Terrible, las tres «sonatas de guerra» para piano, la Sinfonía núm. 5, la monumental ópera Guerra y paz... Falleció el mismo día y año que Stalin, el 5 de marzo de 1953.

Por su parte, Xenya Akeinikova es una violinista excelente que utiliza esa paradoja de arco liviano y suprema incisividad expresiva, hasta el punto de demostrar qué quiso decir David Oistrakh cuando habló de la mezcla de profundidad y belleza de la Sonata de Prokofiev. Las disonancias suenan verdaderamente según las instrucciones del compositor como “el viento en el cementerio” al final del 'Andante assai', pero como un viento de sonido delicadamente espectral y penetrante. Y las intervenciones de pizzicato son demostrativas de esos virtuosismos que son verdaderos por no ser exhibicionistas. Akeinikova pellizca las cuerdas con una sutileza tal que el sonido sale como del aire: puro, redondo, diáfano como si no hubiera cuerda o dedos produciéndolo. La solista parece desilusionar a algunos al no exagerar las instrucciones de Prokofiev de tocar con aire “impetuoso y salvaje” las disonancias del primer tema en el 'Allegro brusco' pero ésto le permite integrar las disonancias en la melodía siguiente dotando así de un balance esencial a la unidad interpretativa. Y también sabe moderar la instrucción del compositor de atacar “lo mas rápido posible” el comienzo del 'Allegrissimo' final. Rapidez no es vértigo sino sólo rapidez, siempre con el control necesario para lograr una expresividad plena.

Publicado por jrtapia @ 10:32  | Música de cámara
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