Usualmente se hace referencia a las sinfonías Quinta, Sexta y Séptima de Gustav Mahler como la "trilogía". Aunque estas obras comparten ciertos rasgos comunes, entre ellos el más evidente es que se trata de sinfonías netamente instrumentales (es conveniente recordar que en las tres sinfonías previas el compositor ha empleado la voz humana), cada una de ellas representa -en opinión de Donald Mitchell- un enfoque diferente. Los cinco movimientos de la Quinta Sinfonía pasan de la completa oscuridad (la marcha fúnebre del comienzo) a un momento de gran luminosidad (un rondó aparentemente victorioso) en un proceso en el que Mahler utiliza la "tonalidad evolutiva", procedimiento que consiste en terminar en una tonalidad diferente a la del inicio, por motivos psicológicos y de estructura. En el caso de esta sinfonía se pasa de Do sostenido menor en el Trauermarsch a Re mayor en el Rondó Finale. La falta de la voz humana es compensada ahora, al decir de Michel Parouty, con un "nuevo acento sobre la polifonía orquestal".
La Quinta Sinfonía fue escrita durante los veranos de 1902 y 1903. Esta monumental obra se escuchó por primera vez en Colonia el 18 de octubre de 1904, bajo la dirección del propio Mahler, quien por ese entonces ocupaba el cargo más importante de su carrera, era director de la Ópera de Viena.