Orquesta Filarmónica de Viena
Karl Böhm, director
Mozart compuso las sinfonías números 39, 40 y 41, que se conocen como trilogía final, en el verano de 1788, probablemente en el breve plazo de unas ocho semanas. Mozart había compuesto sinfonías incluso en las etapas más tempranas de su carrera, pero la producción en este género relativamente nuevo se concentró en periodos muy concretos.
Es posible que al componer esta trilogía final sin que mediara un encargo, Mozart pensara en organizar veladas públicas de pago con las que asegurar sus finanzas. De hecho, en los tres años siguientes el músico hizo giras de conciertos en Leipzig, Frankfurt y la propia Viena, donde pudieron estrenarse estas obras que devendrían canónicas dentro del clasicismo.
Paul Henry Lang ha llegado a comparar a Mozart con un mago, un mago que, sin dejarse perturbar por la indiferencia recibida y la penosa situación de sus últimos años de vida, cercana ya la hora de la muerte, vacía el saco de los trucos y nos sorprende con sus obras más personales y logradas. ¿Y qué es la música si no magia? Precisamente, la esencia de la sinfonía que se expone hoy como ejemplo no sólo radica en su contenido de grandes ideas, en el sentimiento, o en la perfección de su estructura formal; ni siquiera, en la síntesis de tales aspectos como pudiera parecer. La esencia estriba, como diría Petrarca, en un "non se ché" o, dicho en términos matemáticos, en una suerte de incógnita mágica difícil de despejar en la que el autor contempla su vida, comprendiendo su destino y su final.