Marc Yu y Lang Lang, piano
La música instrumental de Franz Peter Schubert (1797-1828) se puede dividir en dos períodos bien diferenciados. El primero se extiende hasta 1820, y toda la producción que a él corresponde puede ser catalogada como "Hausmusik", es decir, “música para interiores domésticos” (no estrictamente música de cámara, puesto que aquí caben también, si sus dimensiones lo permiten, incluso sinfonías). El estilo de este primer período está marcado por una estrecha adhesión a los modelos de Haydn y Mozart. La obra que simboliza la culminación de este primer tramo de su itinerario creativo es camerística –el Quinteto “De la trucha”, de 1819- pero también hay que contar las primeras obras sinfónicas –al menos hasta la Sexta Sinfonía en Do mayor-.
El segundo período arranca de 1820 y se extiende hasta la muerte de compositor. A él pertenecen las obras más importantes: la Fantasía “Wanderer” para piano (1822) -muy interpretada depués por quien sería uno de los apóstoles de la música de Schubert: Franz Liszt-; la Sonata en Do mayor para piano a cuatro manos, conocida como “Gran dúo” (1824); las Sonatas para piano en La menor (op. 143 y op. 42), Re mayor y Sol mayor; los Momentos musicales y los Impromptus. El último año, 1828, es de tal fecundidad que algunos especialistas lo circunscriben por sí solo como un tercer período. Como un otoño grávido, 1828 ofrece una gloriosa muchedumbre de frutos: las tres últimas sonatas pianísticas, el Quinteto en Do mayor con dos violonchelos, la Sinfonía en Do mayor “La grande” y la Fantasía en Fa menor para piano a cuatro manos.
En poco más de treinta años de vida, Schubert alcanza a dejar una herencia espiritual que se revelará fundamental para compositores como Brahms, Bruckner y Mahler. Su originalidad es indiscutible, su potencia lírica inigualada, y su ciencia y rigor arquitectónicos no son en modo alguno inferiores a los de Beethoven, por mucho que Schumann y otros –tan lúcidos por otra parte en destacar el valor del legado schubertiano- señalaran en su generoso lirismo un rasgo feminoide que tal vez lo invalidaba para enfrentar retos de mayor envergadura que los de la miniatura o el lied.
La moderna musicología ha demostrado que no es así. Schubert, el cantor poeta por antonomasia, el que tantas veces no necesitaba del piano para componer, pues podía sentir crecer en su interior la música al mismo tiempo que leía a Goethe, Schiller o Novalis, Schubert, aquél por cuya sangre circula la esencia del melos vienés, no es un universo más restringido que otros, sino simple y felicísimamente distinto.