Eugenio Oneguin es una ópera de Piotr Illich Chaikovski (1840 - 1893), dividida en tres actos. El libreto es del propio compositor y K.S. Shilovski, basado en un poema de Alexandr Pushkin del mismo título. Tiene una duración de dos horas y media. El estreno tuvo lugar el 29 de marzo de 1879 en el Teatro Mali de Moscú, pequeño teatro del Colegio Imperial y fue representada por un grupo de estudiantes. El estreno público tuvo lugar el 24 de abril de 1881 en el teatro Bolshoi de Moscú.
En el Acto III, Onegin, que ha estado viajando largo tiempo por el extranjero, reaparece en un salón de San Petersburgo en el que se celebra un baile. Está sonando una cautivadora polonesa, fragmento que se ha hecho célebre por su frecuente interpretación en las salas de concierto, fuera de su contexto operístico.

La obra de W.A. Mozart para violín, violonchelo y piano ocupa, en el conjunto de su obra camerística, un espacio más reducido que la compuesta para el resto de formaciones, hecho que se ha atribuido a que el violonchelo (o su antecesor, el bajo de viola), a finales del siglo XVIII, desempeñaba aún un papel subordinado al instrumento principal, violín, piano o incluso clarinete y otros, lo que hace que esta composición de trío con violonchelo, donde el equilibrio protagonista de los instrumentos es particularmente comprometido, no fuera la más requerida de la época. El bajo, representado por los antecesores del violonchelo, no fue sustituido por el protagonismo de este instrumento en las formaciones de cámara hasta muy avanzado el siglo, y quizás precisamente a partir de las aportaciones de Mozart a esta modalidad camerística.
De esta forma, la composición en trío con violonchelo en la obra mozartiana y la participación plena de este instrumento en los diálogos instrumentales de composiciones como la hoy interpretada, con un equilibrio en el reparto que lo sitúan por primera vez en plano de absoluta igualdad con los demás componentes de la formación, representan para este instrumento el despunte de su papel en el soporte melódico de la obra y su emancipación instrumental definitiva, frente al papel subordinado al que se le venía relegando, como soporte bajo de la composición.
El Trío K.542 (Allegro – Andante grazioso - Allegro) fue compuesto en 1.788, durante un periodo de residencia de Mozart en Viena, tres años antes de la muerte del autor. De esta época son las sinfonías 543, 550 y la Júpiter, siendo igualmente coetánea del estreno de la ópera Don Giovanni, lo que da muestra de la profusión creativa del genio salzburgués y sitúa a ésta (y aún otras obras de cámara para quinteto), en el momento de su máxima producción creativa.
La presente grabación corre a cargo de unos intérpretes que entienden muy inteligentemente las características de los pentagramas. Los tres músicos aparecen aquí magníficamente ensamblados. El violín de Anne-Sophie Mutter es todo finura, elegancia y sabor de un clasicismo lleno de aromas y especias refinadas. Líneas rectas y aquilatadas a las que hacen contrapunto sus dos colaboradores, André Previn –entonces esposo de la alemana– desde el piano y el joven David Müller-Schott al violonchelo.
La condición de Joseph Haydn en aquella inmóvil y sofocante sociedad del Ancien Régime, prácticamente como un siervo más al servicio del Príncipe Esterházy, le imponía, entre otras muchas obligaciones, componer a requerimiento de sus patronos. Además, según contrato, sus criaturas artísticas serían propiedad exclusiva de los Esterházy. En su obligado retiro dorado fue desgranando, con fertilidad sobrecogedora, obras maestras en todos los géneros musicales.
Pese a estar físicamente separado del mundo, Haydn era una toda una celebridad en Europa. Su música se apreciaba mucho y, desde hacía años, sus admiradores coetáneos habían hecho caso omiso de la prohibición principesca de divulgar su música sin su nihil obstat. Excepto unos pocos encargos oficiales, fue profusamente copiada y publicada por doquier sin su consentimiento. Los derechos de autor estaban en pañales.
Sólo al final de su carrera, su vida dio un giro inesperado. Al morir un año después de la Revolución francesa su principal empleador, el príncipe Nikolaus, le sucede su hijo Antal que profesaba escaso interés por los asuntos filarmónicos, por lo que no dudó en licenciar a todos los músicos que su padre, gran melómano, tenía contratados.
De regreso a Viena, el desempleado compositor estuvo sopesando qué hacer. Muchas cortes europeas le pretendieron. El que más cerca estuvo de firmar un contrato con el afable y pulcro Haydn fue Fernando IV de Nápoles pero, ante la perspectiva de un empleo seguro y sin riesgos, se entrometió el violinista y empresario Johann Peter Salomon, radicado en Londres. Éste le propuso una aventura: realizar una gira de conciertos por Inglaterra.
El casi sexagenario Haydn, de origen humilde, sin haber visto nunca antes el mar y falto de toda experiencia en un mundo de profesiones liberales ajeno a la tutela aristocrática, accedió a la propuesta de aquel dinámico representante para sorpresa de sus allegados.
El 2 de enero de 1791 Haydn desembarcó en Londres, conglomerado urbano vasto y cosmopolita que cambió su vida. Era la ciudad más bulliciosa del momento. La actividad de una burguesía local evolucionada la hizo un lugar en que todo lo reclamado por la gente se convertía en negocio. La música no fue excepción. Muchos músicos acudieron allí al calor de las oportunidades empresariales que se presentaban. Un hijo de Bach, Johann Christian, había organizado allí junto a un compatriota la primera sociedad privada moderna de conciertos.
Durante su estancia en Londres Haydn participó en abarrotados conciertos (de pago) en las diversas sociedades de conciertos que competían entre sí en las salas de la Hannover Square, en el King’s Theatre o en el Pantheon Theatre. Se le concedió el doctorado por la Universidad de Oxford y tuvo tiempo de tomar –en su escaso tiempo libre– clases de inglés.
Uno de los resultados de esa estancia en la capital británica es la Sinfonía nº 94, llamada 'La sorpresa' por el inesperado encargo del citado empresario Johann Peter Salomon. Esta obra es la segunda de las doce que son denominadas Sinfonías 'Londres' (93-104).
La música de Haydn suele contener algunas bromas y su Sinfonía nº 94 incluye la que probablemente sea la más famosa de todas: un acorde en fortísimo que sigue a la exposición del tema en las variaciones del segundo movimiento (Andante), que después continúa con su normal desarrollo sin que vuelva a aprecer el efecto.
En 1886 Camile Saint-Saëns escribió una divertida obra instrumental sobre animales en la que aparecen caracterizados leones, gallinas, tortugas, canguros, burros y varios más. El compositor planteó la música como broma para un día de carnaval, así que tiene toques de buen humor por aquí y por allá, como se puede ver y escuchar en este vídeo.
Saint-Saëns era un músico bastante serio de carácter, por lo que prohibió que esta obra humorística se editara mientras él vivía, con excepción de una sola pieza: “El cisne”; sin embargo, al morir dejó escrito en su testamento que “El carnaval de los animales” podía ser impreso por sus editores habituales. Tal vez debamos preguntarnos si Saint-Saëns se imaginaba que precisamente esta obra se convertiría más tarde en la más popular de todas las que escribió.
“El carnaval de los animales, Gran fantasía zoológica” es una obra compuesta por catorce pequeñas piezas. Excepto la última, todas tienen nombres de animales y la música los evoca. Hay que aclarar que el título de una de ellas no es precisamente un animal, pero Saint-Saëns hizo una broma poniendo a los pianistas entre la fauna de esta obra.
Otra de las bromas de “El carnaval de los animales” es que Saint-Saëns tomó prestada música de otros compositores y la puso en un contexto muy distinto del original. Así podremos en "Fósiles" desde una cita de la "Danza macabra" del propio Saint-Saëns, así como dos canciones infantiles, "J'ai du bon tabac" y "Ah ! vous dirai-je, Maman" hasta el aria de Rosina de "El barbero de Sevilla".
Para tocar esta fantasía zoológica se necesitan once músicos; en las primeras trece se combinan algunos de ellos en pequeños grupos, y sólo en la última pieza tocan todos juntos. Los instrumentos requeridos son: Flauta, Flautín, Clarinete, Armónica de cristal, Xilófono , 2 pianos, 2 violines, Viola, Violonchelo y Contrabajo.
La Sonata para piano nº 11 en La mayor, K 331 de Wolfgang Amadeus Mozart consta de tres movimientos:
1. Andante grazioso (Tema con seis variaciones)
2. Menuetto (Minué y trío)
3. Rondo Alla Turca: Allegretto.
No se sabe a ciencia cierta cuándo y dónde la compuso Mozart. Se cree que fue en Viena o Salzburgo alrededor de 1783, aunque también es probable que fuera en París, 1778.
El último movimiento de la sonata, Rondo Alla Turca, es tan popular que suele escucharse por separado. La música del citado movimiento imita el sonido de las bandas de Jenízaros, que estaban muy de moda en la Viena de la época. Otras piezas musicales del momento imitaron también la música turca, incluida la ópera del mismo Mozart Die Entführung aus dem Serail (El Rapto en el Serrallo, K 384).
El término "rondó" deriva del francés rondeau. Tanto en poesía como en música el rondó está basado en la repetición. Un rondó es un movimiento, generalmente de tiempo vivo y de carácter alegre, que presenta de entrada un tema o frase que va a reaparecer, tal cual, al final del fragmento y otras veces a lo largo de él, mientras que entre cada dos apariciones de este frase o tema principal se inserta otro nuevo y distinto. El tema, conocido como estribillo o ritornello, alterna con secciones o estrofas de contraste. Aunque inicialmente, el Rondó constaba de tres repeticiones, Mozart fijó su estructura con arreglo a la fórmula de cuatro repeticiones del estribillo. La fórmula por secciones del rondó final de la Sonata "alla Turca" es:
a b c b a b, es decir que consta únicamente de tres repeticiones y, como suele ser habitual, lleva además una coda o cola conclusiva.
Aunque también se han compuesto algunas obras en un solo movimiento con forma de rondó (el propio Mozart, Saint-Saëns, Roussel, Richard Strauss...), éste es utilizado con bastante frecuencia no sólo como final de sonatas, sino también de sinfonías, conciertos, etc.
Prokofiev conoció al empresario de los Ballets Rusos, Sergei Diaghilev (1872-1929), durante un viaje a Londres en 1914. Éste le encargó la música para un ballet sobre temas del antiguo paganismo ruso. El compositor se puso a trabajar inspirado en temas de la mitología escita. La obra que resultó de ello recibió el nombre de "Ala y Lolly", siendo rechazada por el empresario ruso al considerarla muy "revolucionaria", demasiado próxima al estilo del por aquella época "moderno" Stravinsky y es que, claro está, aun escocían las heridas abiertas con ocasión del estreno de La Consagración de la Primavera. Prokofiev finalmente decidió darle la forma de suite, que es como se interpreta actualmente, con el número de opus 20.
La Suite Escita está cargada de pasajes violentos y visiones fantasmagóricas. La obra termina en un “crescendo” que evoca la salida del sol. La lectura de Gergiev es puro salvajismo. Se muestra muy cuidadoso con los instrumentos de metal y la gran "artillería" de percusión que requiere esta partitura, ya que son los instrumentos que llevan la voz cantante. No juega, como hace Abbado, con las sutilezas tímbricas. Gergiev va a la raíz rusa de las obras, a la raíz de esa leyenda "bárbara". Una lectura muy clara y contundente... quizás demasiado.
En 1894 Luigi Illica, el célebre libretista de las más famosas óperas de Giacomo Puccini, había elaborado los textos para una ópera basada en leyendas japonesas, sobre los cuales trabajaría el compositor Alberto Franchetti. Pero éste, a la hora de iniciar su tarea musical dejó de lado el proyecto, motivando a Illica a buscar otro compositor. Así el tema de la ópera japonesa llegó a Pietro Mascagni, quien aceptó gustoso la idea de componer sobre aquél libreto.
El trabajo de Illica fue lento, tomándose más de un año para finalizarlo. Finalmente la nueva ópera, titulada “iris” fue estrenada en el Teatro Costanzi de Roma, el 22 de noviembre de 1898, con el propio compositor en la dirección musical. Dos meses más tarde la obra llegó a La Scala de Milán, con Enrico Caruso a cargo del rol masculino principal.
Por supuesto que al mencionarse “Iris” de Mascagni, surge el inmediato nombre de “Madama Butterfly” de Puccini, por estar ambas obras ambientadas en Japón y por tener las dos a Luigi Illica oficiando como libretista. Para establecer elementos que las diferencian, debe consignarse entonces que cronológicamente “Iris” es anterior en 6 años a “Madama Butterfly” y, cosa curiosa, uno de los grandes detractores que tuvo la primera fue el propio Puccini.
Otro elemento diferenciador está en el tratamiento musical. Mientras “Madama Butterfly” está empapada de claras y decididas incursiones melódicas y tímbricas en temas japoneses, en “Iris” hay sólo muy leves acercamientos más a lo exótico que a lo japonés. Con este tratamiento más sutil, “Iris” engalana pues el gran grupo de óperas enmarcadas en el exotismo, corriente inicialmente visual, que con Puccini y su postrera “Turandot” da los más avanzados pasos hacia un intenso compromiso en lo musical.
Usualmente se hace referencia a las sinfonías Quinta, Sexta y Séptima de Gustav Mahler como la "trilogía". Aunque estas obras comparten ciertos rasgos comunes, entre ellos el más evidente es que se trata de sinfonías netamente instrumentales (es conveniente recordar que en las tres sinfonías previas el compositor ha empleado la voz humana), cada una de ellas representa -en opinión de Donald Mitchell- un enfoque diferente. Los cinco movimientos de la Quinta Sinfonía pasan de la completa oscuridad (la marcha fúnebre del comienzo) a un momento de gran luminosidad (un rondó aparentemente victorioso) en un proceso en el que Mahler utiliza la "tonalidad evolutiva", procedimiento que consiste en terminar en una tonalidad diferente a la del inicio, por motivos psicológicos y de estructura. En el caso de esta sinfonía se pasa de Do sostenido menor en el Trauermarsch a Re mayor en el Rondó Finale. La falta de la voz humana es compensada ahora, al decir de Michel Parouty, con un "nuevo acento sobre la polifonía orquestal".
La Quinta Sinfonía fue escrita durante los veranos de 1902 y 1903. Esta monumental obra se escuchó por primera vez en Colonia el 18 de octubre de 1904, bajo la dirección del propio Mahler, quien por ese entonces ocupaba el cargo más importante de su carrera, era director de la Ópera de Viena.
y Francia fueron los países en que se presentó, no siempre con fortuna. Mientras los trabajos escritos para la compañía de los Ballets Rusos de Diaghilev –Chout, El paso de acero, El hijo pródigo– fueron relativamente bien recibidos, su ópera cómica El amor de las tres naranjas fue acogida con indiferencia en su estreno en Chicago en 1921. El poco éxito y la añoranza que sentía por su patria fueron dos de las razones que le llevaron en 1933 a regresar de forma definitiva a su país. Sin embargo, la Unión Soviética había experimentado profundos cambios desde que el compositor la abandonara en 1918: a la libertad de que los artistas disfrutaban en aquellos primeros tiempos, había sucedido el control estatal respecto a toda creación artística, que debía ceñirse de manera obligatoria a unos cánones estrictos, los del realismo socialista. Algunas de sus obras, como la Cantata para el vigésimo aniversario de la Revolución, fueron consideradas excesivamente modernas y, en consecuencia, prohibidas. El estilo de Prokofiev derivó entonces hacia posiciones más clásicas, con lo que el componente melódico de sus composiciones ganó en importancia. Algunas de sus páginas más célebres datan de esta época: el cuento infantil Pedro y el lobo, los ballets Romeo y Julieta y La Cenicienta, las partituras para dos filmes de Eisenstein, Alexander Nevski e Iván el Terrible, las tres «sonatas de guerra» para piano, la Sinfonía núm. 5, la monumental ópera Guerra y paz... Falleció el mismo día y año que Stalin, el 5 de marzo de 1953.