Cuarteto de cuerda Alban Berg
Este cuarteto cierra la serie de los seis primeros, que fueron compuestos en Viena entre 1798 y 1800 y publicados en 1801, con dedicatoria al príncipe Lobkowitz.
El Cuarteto nº 6 es más maduro, por decirlo así, que los que le habían precedido. Corresponde aún al primer estilo, constituyendo a la vez la coronación de lo efectuado por Beethoven en el cuarteto hasta 1800. Consta de cuatro movimientos:
1. Allegro con brio
2. Adagio ma non troppo
3. Scherzo (Allegro)
4. La Malinconia: Adagio. Allegretto quasi Allegro
Este Cuarteto es una obra caracterizada por una homogeneidad deliciosa, con todos sus tiempos animados por un aire de placidez, serenidad y alegría, ya que el fragmento titulado "Malinconia" (melancolía), único donde pudiera atisbarse cierta tristeza, es algo episódico y a flor de piel, que se desliza para dar paso a un vals alemán animado y jocundo.
El primer movimiento tiene forma de Allegro de Sonata. El segundo, escrito en mi bemol mayor, comienza con la interpretación de una melodía de gran vuelo lírico en compás de 2/4 a cargo del violín, para luego deslizarse hacia el modo menor con significativos silencios e inesperados acentos. El Scherzo regresa a la tonalidad principal y constituye una especie de tour de force de la síncopa y una explosión de excentricidad rítmica. El cuarto movimiento (Finale) es, con toda certeza, el núcleo central de la obra. En la partitura autógrafa figura la anotación de "Questo pezzo si deve trattare colla più gran delicatezza". Su primera sección es un Adagio en 2/4 que da pie al título de "Malinconia" que lleva asociado este fragmento. La segunda sección, Allegretto quasi allegro, tiene más vivacidad y está anotada en 3/8. Es sencillamente una evocación con aires de salón de una danza campesina o "ländler" que contrasta con el Adagio anterior y acaba en un acorde disminuido en fortísimo. Después siguen varios pequeños pasajes de carácter oscilante entre la melancolía y el optimismo hasta que al llegar la tonalidad principal la obra se precipita hacia su final con un espíritu en el que no queda sombra alguna de pesimismo.